miércoles 3 de septiembre de 2008

El código Hammurabi y los brujos

Ya sabemos que el código Hammurabi condena a muerte a aquellas personas que vendan cerveza en mal estado, pero este famoso código, que es el primer cuerpo legal del que se tiene conocimiento, nos deja otras leyes interesantes.

Una muestra de la severidad del texto es su primera ley, que pone de manifiesto que si alguien acusa a otro de homicidio y no lo puede probar, el acusador será condenado a muerte. Lo cierto es que la pena capital es común en los preceptos y suele ser el final de cada ley. En unos casos sólo especifica la muerte, pero en otros detalla que debe ser tirado al fuego o ahorcado.

Pero esta ley también tiene algunos detalles que denotan cierta arbitrariedad, por ejemplo, dejando al azar en forma de naturaleza, la decisión sobre la inocencia o culpabilidad.

Así, dice el código Hammurabi que si alguien acusa de brujería a otro, el acusado será tirado a un río. Si el río lo arrastra, supongo que con fatales consecuencias, el río le ha condenado como brujo y la hacienda de este pasará al acusador. Pero si el río le perdona la vida y lo purifica, al salir vivo del río, demuestra su inocencia.

Y como ya sabemos lo que hay que hacer, según el código Hammurabi, con los que acusan en vano, si el río ha mostrado la inocencia del acusado, el acusador deberá ser castigado con la muerte. Y por haber pasado el mal rato, el acusado de brujería falsamente se quedará con la hacienda del acusador.

lunes 18 de agosto de 2008

Maximilien de Robespierre y Luis XVI

Maximilien de Robespierre, el famoso abogado y político francés, principal responsable del Reinado del Terrror que siguió a la Revolución Francesa, tuvo una infancia nada sencilla. Su madre murió cuando era un niño, y su padre partió en busca de fortuna al otro lado del Atlántico, pero murió también al poco tiempo. Así, siendo Robespierre el mayor de sus hermanos, no era más que un niño cuando quedó como “cabeza de familia”. En esta situación, el obispado de Arras, su pueblo natal, le otorgó una beca para estudiar, y Robespierre la aprovechó, porque según parece era el mejor de su clase. Seguramente fue así durante gran parte de su vida.

Y ser el primero de la clase le llevó a ser el responsable del discurso de honor y bienvenida al rey Luis XVI, cuando este pasó por el lugar. El rey estaba recién coronado y esa ocasión no sería la última en la que se cruzaran la vida de Robespierre y Luis XVI, como todos sabemos. Pero esta primera situación, ya tuvo sus detalles interesantes.

El rey pasaba por allí, su carroza paró para recibir las adulaciones y Robespierre comenzó a leer su discurso, evidentemente, cargado de loas y honores. Pero tan mala suerte tuvo aquel niño, que comenzó a llover ligeramente y el rey dio la vuelta, subió a su carroza y siguió camino, dejando a aquel niño con la palabra en la boca y el discurso a medias.

Es obvio que este hecho no es determinante para nada en el futuro, pero cuando Robespierre era un hombre poderoso, y tras abolirse la monarquía francesa en 1792, Robespierre reclamó insistentemente la ejecución del rey Luis XVI, y finalmente la Convención Nacional condenó a muerte al monarca, que fue guillotinado el 21 de enero de 1793, en la plaza de la Revolución.

miércoles 13 de agosto de 2008

La pierna de Lord Uxbridge

Henry Paget, más conocido en la historia militar como Lord Uxbridge, es famoso por la pérdida de su pierna en la batalla de Waterloo. En aquel momento, tenía bajo su mando unos 13000 jinetes y algunas piezas de artillería, y en el transcurso de la batalla combatió al frente de alguna carga de caballería.

Pero el momento cumbre llegó cuando estaba junto al Duque de Hierro, es decir, Wellington, mirando cómo la caballería napoleónica de Ney se retiraba y los británicos cargaban de modo triunfante. Todo un espectáculo, sin duda alguna. La artillería francesa disparaba para cubrir la retirada de sus jinetes y uno de esos disparos catapultó a la historia de las anécdotas militares a Lord Uxbridge, destrozándole la pierna derecha, que finalmente tuvo que ser amputada por la rodilla.

Y es que según se cuenta, el pobre Uxbridge dijo con aplomo inglés después de que un disparo le destrozara la pierna: “Por Dios, Señor; he perdido mi pierna”. Wellington, que estaba a su lado y no tenía menos aplomo, le contestó: “Por Dios, Señor; creo que así es”.

lunes 11 de agosto de 2008

¡Arresten a este hombre!

Hablábamos de la batalla de Spion Kop, y volvemos sobre ella. Finalizábamos aquella entrada comentando que unos mandos torpes fueron el complemento perfecto para el uso del algodón pólvora, provocando así que los británicos no salieran bien parados de aquella aventura.

Uno de estos torpes mandos eran el General Sir Charles Warren Cuando la batalla ya tocaba a su fin y los soldados británicos estaban acosados y prácticamente derrotados, un mensajero enviado desde la colina en la que se desarrollaba el combate, llegó al puesto del general. El mensajero informó de la urgente y desastrosa situación y solicitó refuerzos y cobertura de artillería. Pero como había ocurrido durante todo el combate, el general Warren siguió indeciso y sin ordenar acción alguna.

Allí, junto al general, había un joven corresponsal de guerra, que había visto toda la escena. No pudo aguantarse y le espetó al general: “General, haga algo, por amor de Dios”. El general, cuya indecisión no significa que no fuera consciente del problema, le contestó: “¡A usted eso le importa un cuerno!¡Arresten a este hombre!”.

Y efectivamente así ocurrió. Los soldados del general tomaron a aquel periodista, joven y en principio sin muchos conocimientos sobre como llevar o dirigir un combate. Arrestado por pedir acción. Años más tarde, esto ocurrió en el año 1900, aquel periodista lideró un combate mucho más grade y decisivo, porque el tipo al que arrestó el General Warren no era otro que Winston Churchill.

jueves 7 de agosto de 2008

El algodón pólvora

A mediados del siglo XIX se hizo un gran descubrimiento, que como muchos otros, tuvo una aplicación directa en las batallas y guerras. Este invento no era otro que el algodón pólvora, o lo que es lo mismo, nitrato de celulosa. Como en otros muchos casos, la suerte cruzaba por allí en el momento en que Christian Friedrich Schönbein desarrollaba una fibra textil para un cliente.

Trató el algodón con ácidos nítricos y obtuvo el nitrato de celulosa, que es la base de la pólvora sin humo, algo que le vino muy bien a los artilleros de aquel tiempo. Por supuesto, a Schönbein, dedicado a la industria textil, aquello de hacer camisas explosivas no le atrajo mucho, pero en cambio, un tipo llamado Alfred Krupp, dedicado a los negocios armamentísticos, enseguida le encontró un buen uso.

¿Y cuál era este buen uso? Pues que hasta aquel momento, cuando comenzaba la feria de disparos desde una posición de artillería, esta quedaba claramente visible y localizable por el humo que desprendían los cañones. Esto permitía al enemigo dirigir sus disparos con cierta eficacia. Pero con el algodón pólvora, los cañones podían disparar camuflados en algún lugar, y en la distancia, se hacía complicado para el enemigo, divisar la posición exacta de la artillería a atacar.

Por ejemplo, el algodón pólvora fue uno de los determinantes, junto con unos mandos poco dotados para el combate, en la batalla de Spion Kop, que tuvo lugar en Sudáfrica en el año 1900 dentro de la Segunda Guerra Anglo-Boer.

[Photo by lu6fpj - Facundo A. Fernández's]

jueves 31 de julio de 2008

La orquesta del Titanic

Hace ya unas cuentas historias que comentamos aquí algunas cuestiones sobre el hundimiento del Titanic, y más concretamente sobre la investigación posterior de la tragedia. Hoy volvemos a hablar del más famoso naufragio de la historia, aunque no fuera el peor de todos los que ha habido.

La pequeña orquesta del grandioso barco, una vez que se descubrió que el barco hacía agua y que habría problemas, pero se esperaba el rescate, estuvo tocando en el salón de primera clase para intentar calmar a los pasajeros. La orquesta, dirigida por Wallace Harley contuvo sus propios nervios y tocó para los clientes.

Cuando la cuestión fue empeorando y ya estaba claro que si llegaba la ayuda, no iba a ser la suficiente como salvar a todos los pasajeros, la orquesta siguió tocando, ahora ya en la cubierta. Ninguno de los miembros de la orquesta sobrevivió al naufragio y aunque no hay certeza sobre la última melodía que tocaron, algunos testigos creen que fue “Nearer, my God, to Thee”.

Haremos un pequeño recuerdo de los nombres de estos músicos, que antepusieron la música a su salvación y que ayudaron como mejor sabían en aquel momento, tocando:

Wallace H. Hartley

Roger Bricoux
Fred Clarke
P.C. Taylor
G. Krins
Theodore Brailey
Jock Hume
J.W. Woodward

martes 29 de julio de 2008

El puente sobre el río Kwai

El cine, una vez más, a través de una de esas grandes películas clásicas consagró e hizo conocida por todos la historia del puente sobre el río Kwai. La película de David Lean, que se llevó siete estatuillas de los Oscar está basada en una novela de Pierre Boulle de título homónimo.

Pero si la película se basó en una novela, la novela parte de una historia real, ocurrida en Birmania durante la Segunda Guerra Mundial. El puente sobre el río Kwai fue construido realmente por prisioneros aliados, principalmente ingleses, holandeses y australianos. El puente formaba parte de una línea de ferrocarril de más de 400 kilómetros de longitud, que fue construida en menos de año y medio entre 1942 y 1943. Es obvio que la mano de obra “esclava” de los soldados de guerra fue una buena ayuda para conseguir sus construcción en este tiempo, a pesar del terreno.

68.000 prisioneros de guerra ayudaron a 200.000 obreros en el proyecto, y la construcción de toda la vía férrea se llevó la vida de 18.000 de los primeros y 78.000 de los segundos. Impresionantes números. Sólo la construcción del puente costó 200 vidas a los prisioneros de guerra. Y estas 200 muertes perdieron el poco sentido que tenían cuando en 1945 la aviación norteamericana acabó con el puente, que fue reconstruido después de la guerra.

Para rematar esta curiosa visión de la realidad tras la película, diremos que el malvado coronel Saito de la película, existió realmente, pero su carácter era totalmente contrario a lo que muestra la película. Era culto y respetaba a los prisioneros. El coronel británico Nicholson, interpretado por Alec Guinness en la película, está inspirado en un personaje real llamado Philip Tossey. Pero lo que vemos en la película tampoco es fiel a la realidad. Tossey aceptó el encargo y simuló trabajar duro en el puente, pero realmente trató de sabotearlo a través de varios métodos.

Cuando acabó la guerra, Saito fue juzgado por crímenes de guerra, y el coronel Tossey testificó en el juicio y sus opiniones positivas le salvaron de la horca. En agradecimiento, cuando Tossey falleció en la década de los 70, su antiguo captor viajó hasta Inglaterra para darle el último adiós.